How I met your mother: nueve años de risas después

8 de abril de 2014

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Estoy un poco-bastante mosqueado con el final de How I met your mother (la he visto siempre en VOS, así que así se queda). Soy de los que no ven la temporada en curso hasta que termina. Me gusta tragármelas enteras a mi ritmo (ahí la filosofía Netflix me tendría ganado), así que he tardado un poco más de la cuenta en poder ver ese comentado último capítulo de una serie prodigiosa. Spoiler alert, aviso.

El final no me ha gustado. De hecho, no me cuadraba del todo la temporada en sí, tan centrada en ese fin de semana del bodorrio final que, eso sí, han logrado hacer muy entretenido gracias a los constantes flashbacks (cómo echaré de menos esos inconfundibles sonidos y transiciones de vídeo) e hilos paralelos. Con algún que otro capítulo más flojete que otro y algún secundario con demasiado protagonismo (Billy Zabka debió quedarse en el grandioso capítulo Bro Mitzvah), en general la novena temporada ha sido genial en casi todo.

En mi caso, eso sí, no lo ha sido en el desenlace, que me parece injusto para una comedia. Una serie que nos ha hecho tan felices (aunque suene cursi) durante 9 años con sus situaciones exageradas no se merecía un final tan real y dramático. Cierto que todo lo que dicen ocurre: los amigos de antaño desaparecen, las relaciones se rompen, y la gente, por supuesto, muere. Pero una serie divertida y que siempre te dejaba la sonrisa en la boca yo solo la veía con un final acorde.

Podría haber perdonado el divorcio entre Barney y Robin, hasta cierto punto predecible. Pero que todos acaben cada uno por su lado, a su bola, es demasiado triste. Que se carguen a la madre me parece increíble después de todo lo que pasó el pobre Ted para lograr encontrarla. Que Ted siga eternamente enamorado de Robin –a la que no ve teóricamente ni en pintura porque se ha vuelto estrella televisiva– tampoco me cuadra, e incluso lo de la excursión final a Italia de Marshall y Lilly me parece bastante estúpida –de hecho, no se comenta nada de si Lilly logra ese teórico sueño artístico allí, toda la polémica era inútil–. Incluso la lacrimógena despedida del S09E22 con esos amigos que repente se dan cuenta de que no se van a volver a ver (¿WTF?) es otro momentazo que le hubiera ido bien a otro tipo de serie. Pero no a esta.

How I met your mother se merecía un final feliz. Se merecía que Ted acabase forever and ever con la madre de sus hijos –por cierto, nunca me convenció como pareja de Ted, ya puestos a sacar punta a todo–, que Barney siguiese ligando a destajo tras el divorcio, que Robin se convirtiese en una solterona feliz con sus amigos, y que Marhsall y Lilly siguiesen siendo esa perfecta pareja imperfecta. Pero sobre todo, se merecía que todos ellos siguiesen estando juntos forever and ever.

Al menos, en nuestra imaginación. Nueve años de risas son demasiados para dejarnos ahora con ese mensaje de que la vida es una mierda.

Moto X y cómo prescindir de lo último de lo último

7 de abril de 2014

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He estado un par de semanas disfrutando del Moto X, un terminal al que critiqué bastante por su marketiniano lanzamiento y que no obstante poco a poco me fue interesando más. De hecho, hace un par de meses estuve a un pelo de hacer un encarguito al otro lado del charco que finalmente cancelé. Me quedé un poco con la copla, y ahora entiendo por qué. Tras estos días de tenerlo como teléfono principal, me he convertido en un admirador convencido del Moto X.

Lo he contado todo con pelos y señales en mi larguísimo análisis en Xataka, pero por si sois adictos al tl;dr (‘too long; didn’t read’)  las razones por las que me ha conquistado son muchas y buenas. El diseño, su tamaño compacto –y eso que ofrece una diagonal de 4,7 pulgadas–, la suavidad del software y, claro está, su fantástica oferta software. Lo de la activación por voz es una chulada –y eso que todavía no le había cogido del todo el tranquillo–, como también lo es la pantalla activa o cositas como Motorola Connect y Motorola Assist. Y eso, con una propuesta hardware modesta que demuestra que tanto Snapdragon 800, tanta pantalla 1080p o tanta cámara del copón (bueno, eso sí lo he echado de menos, flojea la cosa en este punto) no es tan necesario en muchísimos casos.

Todo en el Moto X funcionaba como debía: me ha recordado al iPhone en esa sensación “redonda” que a uno le queda cuando ve un terminal con todos los detalles tan cuidaditos y con una propuesta tan equilibrada. Equilibrada en todo, menos en una cosa: el precio. Pedir 399 euros por un dispositivo así es una pasada, aunque ojo, en Amazon lo están vendiendo ahora mismo por 349 euros, y eso lo hace algo más tentador. Y sin embargo, está claro que tiene un competidor bastante serio en el Nexus 5, además del hecho de que ya han comenzado a aparecer rumores sobre el hipotético Moto X+1 que 1) haría que el precio del Moto X bajase y 2) apunta a más pantalla, más procesador y mejor cámara.

Y claro, luego está el tema de la personalización. Lo de no tener Moto Maker aquí es una gaita, pero tras las buenas sensaciones que me ha dejado este Moto X básico ya vuelven a darme las típicas convulsiones consumistas: puede que ese encarguito transoceánico con un Moto X, eso sí, personalizado, acabe cayendo en un par de meses. ¿Resistiré?

Nada mejor para destacar que rodearte de incompetentes

6 de abril de 2014

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Tres han sido los artículos que he podido disfrutar estos días y que tratan básicamente sobre el mismo tema. El del trabajo o teletrabajo y la búsqueda de talento. Dos de ellos están escritos por Jeff Atwood, aunque en momentos muy distintos. Aquel On Working Remotely de mayo de 2010 era tan válido entonces como lo es ahora, y en él Atwood –creador de Stack Exchange primero, y de Discourse después– resumía todo el tema en una frase final que comparto totalmente:

I believe remote development represents the future of work. If we have to spend a little time figuring out how this stuff works, and maybe even make some mistakes along the way, it’s worth it. As far as I’m concerned, the future is now. Why wait?

Por supuesto, antes de esa conclusión Atwood explicaba cómo su creencia en el teletrabajo tiene un requisito imprescindible: la de rodearse de talento. Este crack retomó el tema hace poco en First Round Review, donde publicó el fantástico “Here’s Why You’re Not Hiring the Best and the Brightest” (ahora mismo solo disponible vía Google Cache). En este último post nos cuenta cómo logra trabajar remotamente junto al resto del equipo de Discourse, y cómo ese buen resultado, de nuevo, se basa en buscar talento. En no ceder a la mediocridad. Y, algo que me ha encantado, en la evaluación de la productividad. Aquello de la productivicracia, ya sabéis.

Él titula esa parte de su reflexión como “‘Show your work’ vs. ‘Just showing up‘”, y ese es el concepto que precisamente está tan arraigado en nuestro país y que nos condena. El que tantos jefes y gestores valoren más echar horas que sacar trabajo adelante.

El tercer texto, igual de interesante, es el que Sergio Parra, compañero (remoto) de Xataka Ciencia publicaba esta semana. Su “Ley de Joy: la gente más inteligente trabaja en su mayoría para otro (menos inteligente)” que compartí también en Flipcognitosis (esa joya de revista en Flipboard, je) desgrana también esa realidad en la que no solo triunfa el que se rodea de incompetentes: también lo hace el que, siendo un incompetente, logra rodearse de gente de talento a la que suele 1) explotar y 2) desaprovechar en temas absurdos.

La conclusión tras leer los tres textos es clara, y triste, sobre todo cuando uno lo confirma hablando con amigos que te cuentan cómo tanto en las grandes como en las pequeñas empresas la realidad es la misma. Ya lo comentaba en mi “Oda al teletrabajo“. La productividad y el talento no cuentan. Lo que cuenta es aparentar y, por supuesto, tener amiguitos con los que hacerlo. Hay muchas formas de lograrlo, claro. Echar horas, ponerse galoncitos, o ser voluntario para todo pero no hacer nada al final son algunas de ellas. Los empleados tóxicos nos rodean, maldición.

Pero hay esperanza. O eso quiero creer.

Incognitosis de fin de semana (VIII)

5 de abril de 2014

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Vamos con la octava entrega de estas Incognitosis de fin de semana. Además de entrar en esta lista probablemente he incluido estos artículos tanto en mi cuenta de Twitter en algún momento de la semana como, sobre todo, en Flipcognitosis, esa joya (je) de revista en Flipboard con estos contenidos y algunos más. Ahí van los enlaces:

¡Buen finde!

Imagen: Madrid en blanco / Ender079

Un (casi) anodino Amazon Fire TV

2 de abril de 2014

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Qué difícil es sorprender a estas alturas. Estamos demasiado mal acostumbrados. Esta tarde he tenido la oportunidad de hacer la cobertura en Xataka del lanzamiento del Kindle Fire TV, y a pesar de los más que probables esfuerzos de Amazon, el producto no es en esencia especialmente llamativo.

Hay algunas bazas a su favor, desde luego. El reconocimiento de voz en el mando a distancia es una idea cuca, y de hecho antes de la presentación de la Xbox One se me pasó por la cabeza que esa misma opción estuviese disponible en los mandos de la consola. Eso evitaría los gritos que hay que pegarle a Kinect para que responda, y en Amazon han resuelto el problema de forma inteligente.

El procesador Snapdragon S4 Pro también ayuda, pero no es que se trate de un micro especialmente destacable. De hecho, lleva ya tres años en el mercado, y está claro que Amazon debe haberlos conseguido a precio de saldo ahora que esos micros –que son majos, eso sí– han sido totalmente desplazados por unos imponentes Snapdragon 800 en cualquier dispositivo móvil de gama media-alta que se precie. El resto de especificaciones son más bien mediocres, aunque Amazon ha querido destacar mejoras con respecto a sus competidores, como su memoria RAM de 2 GB, que nunca vienen mal.

Y luego está la otra gran apuesta de Amazon, que veremos si se queda en un bluf. Ya hemos visto cómo las consolas tradicionales se convierten en set-top-boxes, pero con el Amazon Fire TV la empresa de Bezos permite que sus usuarios puedan jugar a videojuegos Android en el televisor. La idea es en esencia la misma que ofrecen Ouya o Mojo, pero con el respaldo de una Amazon que parece dar un salto definitivo en este sentido.

No tengo nada claro que ese comportamiento de Android como consolas de videojuegos tenga tirón. A pesar de que muchos de los juegos para esta plataforma han demostrado una calidad notable, hoy por hoy la cosa me recuerda un poco a lo que ocurrió con la Wii. Mucho tirón inicial para el jugador ocasional, pero poco recorrido por la de momento limitada competencia que estos sistemas pueden ofrecer a los jugadores no-ocasionales, esos a quien el juego en Android les quita un poco el mono mientras van en el metro o el autobús al trabajo, pero que cuando llegan a casa tiran de su Xbox, su Play o su PC para darle caña a los contrincantes, sean personas o personajes controlados por IA.

Lo decía alguien en Twitter hace un rato: “lo último que quiero es otra caja con más opciones de contenido. Lo que necesitamos es mejor opciones de contenido en las cajas que ya tenemos”. A priori el Amazon Fire TV parece poco atractivo si uno ya tenía Apple TV / Roku / Chromecast, o alguna consola en condiciones. Puede que los usuarios “heavy” de Amazon sí puedan tener mayor interés en esta opción por el atractivo de poder disfrutar de los contenidos de Amazon de una forma interesante, pero en esencia Amazon Fire TV es, simplemente, una caja más.

Y yo, la verdad, estoy empezando a cansarme de tanta cajita.

Bienvenidos a la convergencia: llegan las aplicaciones universales de Windows

2 de abril de 2014

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Microsoft ya había dado pistas sobre su apuesta por la convergencia. Una de sus máximas directivas había apuntado ya al “tres son multitud” (Windows Phone, Windows RT, Windows), y todo apuntaba a cambios notables este año. Y esos cambios se han anunciado en la conferencia BUILD que se está celebrando desde hoy y en la que nos hemos enterado de otras muchas cosas, como la aparición de Windows Phone 8.1 (con Cortana como prota) o de Windows 8.1, que devuelve cierto protagonismo a nuestros queridos ratón y teclado.

Pero en mi opinión ambos anuncios, aunque probablemente mucho más mediáticos, no tienen ni mucho menos la relevancia que tienen –o más bien, tendrán– las aplicaciones universales. Estas aplicaciones, que ya se pueden desarrollar con Visual Studio, se adaptan a los formatos de pantalla que el usuario aproveche en cada momento, permitiendo que el usuario disponga de una interfaz de usuario flexible (responsive, podría decirse) y de que, en sencia, una misma aplicación sirva para distintas plataformas.

De momento no tengo muchos detalles sobre el alcance de este anuncio y sobre si hay ya ejemplos reales y notorios de esa posibilidad, pero lo que sí es cierto es que, por encima de todo, parece que Microsoft ha decidido apostar definitivamente por un futuro en el que no habrá PCs, portátiles, tablets, o smartphones: habrá, simplemente, dispositivos. Y todos ellos servirán para hacer todo lo que queremos con esa idea de la convergencia en la que a priori destaca aquello de que tu próximo PC podría ser tu smartphone.

Bienvenidos a la convergencia. Al menos, a este importante primer paso para lograrla.

Gmail, diez años después

1 de abril de 2014

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Recuerdo que me quise apuntar a Gmail desde el minuto cero. Me enteré del lanzamiento aquel uno de abril y como muchos otros, aquello del gigabyte de almacenamiento me parecía la prueba definitiva de que Gmail era otra de las bromas típicas de Google en el famoso April Fools’ Day, los Santos Inocentes yanquis. Pero no. Era de verdad.

Por supuesto, no fui el único en querer conseguir una cuenta. Google molaba mucho por aquella época. Ya era un gigante, claro, pero aún así no era lo que es ahora. La preocupación por la privacidad –que yo recuerde– no existía, y seguían conservando ese halo de startup. Recuerdo cómo la gente del mundillo tecnológico se peleaba por aquellas invitaciones, y en mi caso la cosa tardó cinco meses. El 6 de septiembre aproveché la invitación que me mandó un conocido, y aquello marcó el principio de mi relación con Gmail, de la que he hablado en repetidas ocasiones en Incognitosis.

Desde entonces Gmail ha logrado convencerme –a mi y a unos cuantos milloncejos de usuarios más– de seguir usando un servicio que se ha convertido en imprescindible. Aquel contador que indicaba cómo tu almacenamiento iba creciendo desapareció (hoy tienes 15 GB gratuitos entre Gmail, Google Drive y Google+ Photos), pero no lo hizo la concepción de conversaciones –qué difícil se me haría ahora volver a un cliente sin hilos de mensajes, tipo Outlook– o muchas otras opciones que fueron cambiando y, en su mayoría, mejorando.

La mejor prueba de ese uso intensivo de Gmail –que se convirtió para mi en pasarela para otros servicios de Google, justo lo que pretendían estos listillos– es que la capacidad, por increíble que parezca, siempre acaba quedándose pequeña. Como buen seguidor de Diógenes, borro poco –mucho menos de lo que debería– y la filosofía Inbox Zero sigue siendo inalcanzable para mi.

No creo que importe mucho. Al paso que vamos, es probable que dentro de 10 años Gmail ofrezca varias veces más la capacidad actual, y algo raro tendrá que pasar para que no siga siendo un cliente de correo electrónico –con su permiso, Sr. Sabina– insustituible.

PD: No os perdáis la historia sobre el origen de Gmail que han publicado en Time. Un poco decepcionante que en Google hayan preferido tirar de broma –un poco chorra, la verdad– en este aniversario tan redondito.

El preciosismo en los medios

1 de abril de 2014

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Tenía guardada desde la semana pasada la columna de Felix Salmon “Against beautiful journalism” para comentar por aquí. En ella el autor hace un señor repaso a esa tendencia de muchos medios actuales de rediseñarse de principio a fin. Pero sobre todo, opina sobre los efectos colaterales de esos rediseños.

Como alguien que sigue de cerca rediseños de medios de tecnología –el último que he detectado ha sido CNET, y me gusta cómo lo han dejado– la columna me conquistó desde el principio. Sobre todo, porque soy un convencido de que la forma importa ya casi tanto como el fondo. Mucha gente escribe muy bien, pero si la historia además está visualmente bien contada, esa lectura acaba convirtiéndose en un placer aún más redondo.

El problema, claro son los extremos. Y las tácticas cucas. Es lo que apunta Salmon:

Today, when you read a story at the New Republic, or Medium, or any of a thousand other sites, it looks great; every story looks great. Even something as simple as a competition announcement comes with a full-page header and whiz-bang scrollkit graphics. The result is a cognitive disconnect: why is the website design telling me that this short blog post is incredibly important, when in reality it’s just a blockquote and a single line of snark? 

Es un buen argumento. En los medios con nuevos diseños a menudo no hay forma de saber si una historia es realmente importante o no. Eso no pasaba con el papel. Uno coge un periódico y sabe más o menos qué historias son importantes, y cuáles no. Para muchos iniciativas como Orbyt –la más valiente por estos lares– tienen valor porque permiten que uno se lea el periódico en el tablet como si se lo leyera en papel, o casi. La presentación visual es la misma. En algunos medios actuales, como afirma el autor, todo parece “gritar que es importante”, aunque no lo sea. Porque lo que importa es el clic. Que entren en el artículo. El ejemplo que pone con The New York Times –su rediseño es, en mi opinión, magistral– es especialmente válido.

Creo que esa reflexión es muy relevante a la hora de plantearse un rediseño. Hay contenidos que hay que destacar para que los lectores sepan que en esos temas es donde está el tomate, y hay otros que, sin ser morralla, pueden pasar a un segundo plano. Dar esas herramientas al lector –tipografías e imágenes de mayor tamaño, secciones con destacados separadas de secciones de noticias breves– es un acierto, pero claro, no siempre la apuesta va por ahí.

Salmon está especialmente mosqueado con Medium, esa plataforma de blogging cada vez más sólida en forma y fondo pero que, como decía este analista, hace que todo parezca importante. No hay manera –salvo por la sección Editor’s Picks, y ni siquiera– de distinguir que alguien ha escrito una castaña. Todo es tan bonito, tan preciosista, que uno empieza a leérselo con la sensación de que algo tan bien presentado tiene que ser de Pulitzer.

Pero claro, no todo lo es.

Incognitosis de fin de semana (VII)

30 de marzo de 2014

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Vamos con la séptima entrega de estas Incognitosis de fin de semana. Además de entrar en esta lista probablemente he incluido estos artículos tanto en mi cuenta de Twitter en algún momento de la semana como, sobre todo, en Flipcognitosis, esa joya (je) de revista en Flipboard con estos contenidos y algunos más. Ahí van los enlaces:

¡Buen finde!

Imagen: xkcd

 

C nunca debió enterarse

27 de marzo de 2014

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Si usáis el correo electrónico, cuidado con lo que escribís, y a quién se lo escribís. O más bien, eliminad la segunda parte de la frase, porque lo que realmente importa es que tengáis cuidado con lo que escribes. Lo he aprendido más bien a las duras, pero no por haber metido la pata yo, sino por haber sido víctima de quienes la meten. Hoy ha habido un pequeño suceso al respecto, que no ha tenido mayor importancia.

Una persona, pongámosle C, me escribía un mensaje a mi (como es mi blog, me voy a asignar la A) sobre cierto tema. En realidad no era yo quien debía contestar, así que me puse en contacto con B para comentarle la situación, pero eso sí, con discreción, sin caer en la trampa de creer que el correo pueda ser inofensivo. En esas B me dice : “No te preocupes, A, que yo me encargo”. Y ahí ocurre lo de siempre. Que B se despista, y en su respuesta a C incluye a su vez nuestra conversación. Una conversación de la que C nunca debió enterarse.

Como digo, lo de hoy ha sido una chorrez, sobre todo porque ni el tema era grave, ni la conversación revelaba nada raro. Todo correcto, sin incómodas descalificaciones o bromas que podrían quedar muy simpáticas entre A y B pero desde luego nunca si C se enterase. Eso, por supuesto, me ha pasado. Gracias, eso sí, al más profesional de los B’s que he conocido jamás. Un verdadero peligro a los mandos de un cliente de correo. Tan a menudo metía la pata este hijo de la gran B, que acabé recordándole en muchos correos que tuviese cuidado al contestar a C.

Pero ni por esas. C acababa enterándose muchas veces. Y seguirá haciéndolo.

Ya sabéis. Tened cuidado con lo que escribís. Ciertos comentarios es mejor reservárselos para una conversación cara a cara, o como mínimo una llamada o una sesioncita de chat.