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Mark Shuttleworth es más joven que yo. Apenas 5 meses, pero su curriculum es “un pelín” mejor. Vendió Thawte a Verisign en el 99 ganando unos 600 millones de dólares, parte de los cuales acabó destinando a crear Canonical y a sacar al mercado Ubuntu, probablemente la distribución Linux más popular de toda la historia. Cuando Ubuntu empezó su camino en 2004 todo era de color de rosa -bueno, más bien de color marrón-, y los usuarios estábamos encantados de que alguien acercase a un público más novel la posibilidad de utilizar Linux.
Todo en aquel proyecto parecía prometedor: Debian, su distribución matriz, tenía un ciclo de desarrollo más largo, más aburrido, pero en Ubuntu todo iba rápido, era emocionante: cada seis meses nueva versión, una pequeña locura que ha hecho que los usuarios apenas disfruten de una distribución recién lanzada porque siempre están pensando en qué vendrá después. Otras han acabado siguiendo ese ritmo frenético, pero es Ubuntu la que representa el ejemplo claro de la renovación constante, una renovación que además venden muy bien. Cada vez que sale una nueva Ubuntu se para el mundo linuxero, y desde luego el impacto no tiene nada que ver con la salida de otras distribuciones, que no parecen contar para el público generalista.
Durante muchos años ese afán de mejora fue una seña de identidad: más y mejores prestaciones en cada versión -tenéis un buen recorrido en la Wikipedia- que vencían y convencían. Pero algo empezaba a oler mal: a Canonical comenzó a criticársele de todo, pero sobre todo, su poca ayuda y colaboración real a proyectos Open Source -cogen de todo, no ayudan en casi nada, y siempre la misma excusa: somos pocos (ja)-. En Ubuntu trabajan para Ubuntu. Pero a eso yo le añadiría otro lado que me parece oscuro y peligroso.
Un lado que recuerda cada vez más a Apple y a Steve Jobs.
Es imposible estar a la última en todo. Para alquien como yo, dedicado a tratar de comunicar más y mejor en Internet, el tema del diseño web siempre ha sido súper interesante. Siempre he tenido una venilla artística -dibujaba a los diecimuchos, y no hacía mal del todo, creo- que supongo que ahora ha salido un poco de nuevo a la luz para orientarme a otra clase de arte. Porque el diseño web debería ser considerado como tal.
Y como en todo arte, hay de todo. Del blanco al negro, pasando por toda la gama de colores. O para entendernos, de diseños bien y mal realizados. Aunque aquí los gustos mandan, como en todo arte. Lo que a ti te gusta a mi puede parecerme horrible, pero lo que sí es evidente es que un buen diseño destaca por sí solo, como una buena obra de arte. Muchas han sido las tendencias en este campo, pero hay una especialmente importante hoy en día. El llamado Responsive Design (Diseño Flexible, Diseño Adaptable), que es una disciplina que tiene un único objetivo: que un mismo diseño pueda ser aplicable a distintos formatos de pantalla.
La idea es genial porque a través de las hojas de estilo y de ciertos pedacitos de código uno puede construirse una web que se verá igual de bien en un monitor de 27 pulgadas que en un tablet de 10 pulgadas o un smartphone de 3,5 pulgadas. De ahí que tengamos ejemplos como el fantástico Jot Down -una verdadera joya del diseño, y en español- que no es “responsive” (ays), y otros como The Great Discontent que me parece una absoluta preciosidad y que es “responsive”. Probad. Abrid uno y otro en una gran ventana del navegador en vuestro PC o portátil. A pantalla completa. Luego coged la ventana e id haciéndola más pequeña, hasta que tenga la resolución de un móvil de gama media. ¿Entendéis lo que quiero decir?
Esta disciplina no es precisamente nueva. Al menos, no en términos de la “edad de Internet”, porque el concepto fue creado en mayo de 2010 -de ahí el comienzo del post, yo me enteré de esto más de un año después- por Ethan Marcotte, un diseñador web que escribió primero un artículo genial y luego un libro no menos genial (súper-recomendado) en el que explicaba de qué va el tema, y cómo lograr este tipo de diseños flexibles y adaptables.
La magia del Diseño Adaptable está en esa versatilidad que hace que no necesitemos el típico subdominio mobile.midominio.com, porque tu contenido se va a ver igual de bien sea cual sea tu dispositivo móvil. El diseño no se pierde, y por tanto esa faceta crucial en cualquier sitio web mantiene toda su potencia y su valor. Si estáis en esto de los medios seguramente hayáis oído hablar de ello, pero si no lo estáis, es probable que poco a poco vayáis oyendo hablar del concepto. Y si no oís hablar de él, da igual: lo veréis en acción, porque cada vez más y más blogs y sitios web lo aplican.
Porque el Diseño Adaptable no es el futuro de la web. Es su presente.
El otro día vi un artículo en el que apuntaban a algunas novedades de Chrome OS, que en su nueva gama de versiones tiene una nueva interfaz, bautizada como “Aura”. Esas nuevas ediciones de Chrome OS -y por extensión, de Chromium OS- llegan con un cambio significativo: además del navegador, pilar básico de todo ese sistema operativo, tendremos acceso a un pequeño menú inferior tipo Dock (por llamarlo de algún modo) que entre otras cosas tiene un botón en forma de rejilla que lanza las “aplicaciones” (servicios web) que tengamos instaladas en el sistema.
El efecto es curioso, sobre todo porque acerca el paradigma tradicional de un sistema operativo como Mac OS X o Linux (GNOME Shell y Unity tienen un lanzador muy parecido), pero también es engañoso. Chrome OS sigue siendo lo que era: un navegador con algunos elementos adicionales que en mi opinión no satisfacen las necesidades actuales de casi ningún usuario.
Logré compilar de nuevo Chromium OS desde cero gracias a la guía oficial para desarrolladores -no apta para la mayoría, creo yo- porque mi guía anterior ya no vale, han cambiado algunas cosas que ya ni me apetecía documentar. El caso es que logré crear una imagen para KVM, y otra para una llave USB. La primera no funcionaba nada bien por temas de resolución de pantalla -apenas podía ver nada- y la segunda solo funcionó en un ASUS Eee PC 1000HE que tenía a mano. Ni el MacBook Air ni mi PC de sobremesa ni otro par de PCs y portátiles que tengo por casa lograron reconocer la llave USB de arranque. Daba igual: tras iniciar el sistema pronto me di cuenta de que aquello no había quien lo usase. Demasiado lento. Insoportablemente lento.
Pero había otro camino.
Cinco meses. Cinco. Es el tiempo que ha pasado desde que Google presentó su nuevo Android 4.0 junto al dispositivo estrella del momento, el Galaxy Nexus. Desde aquel 18 de octubre hemos leído mucho acerca de Ice Cream Sandwich, pero la realidad es que muy pocos usuarios lo están utilizando en la práctica. De hecho, según los últimos datos solo un 1,6% del total hacen uso de Android 4.0, con una amplia mayoría (86,8%) aún anclada en Android 2.2 (mayo de 2010) y sobre todo en Android 2.3 (diciembre de 2010). No es que Froyo o Gingerbread sean malos, pero desde luego no son precisamente modernos.
El problema está acentuándose si tenemos en cuenta que por lo visto Android 5.0 ‘Jelly Bean’ aparecerá en el tercer trimestre del año, mientras que Android 6.0 ‘Key Lime Pie’ lo hará a finales de 2012. Más versiones que hacen que ese problema de la fragmentación sea cada vez más preocupante. Lo comentaban en Forbes, donde un redactor escribía su experiencia particular con un Galaxy Tab, que ya es -al menos a nivel software- un dispositivo “antediluviano” que no podrá ser actualizado a ICS. Es absurdo, sobre todo porque estos tablets son el pan nuestro de cada día en las tiendas de las operadoras españolas, que lo comercializan como el invento para estar a la última sin que los usuarios, pobres infelices, se den cuenta de que les hablan de estar a la última en otra época.
Yo mismo he estado usando ICS en mi HTC Desire durante un par de meses. Las ROMs beta que pueden encontrarse en los foros de XDA Developers son intentos valientes, pero desde luego no están pensadas para el usuario de a pie. Demasiado fallonas, demasiado inestables. Este fin de semana me cansé y volví a una apuesta segura, MIUI-XJ, que va como un tiro y que por fin me ha hecho olvidarme de los mensajitos de “La aplicación [X] se ha cerrado de forma inesperada”. Demasiadas oportunidades incluso para un friki como yo. Y como decían en Forbes, somos los únicos que nos intentamos arriesgar:
Who does it matter to? The influencers, the bloggers, and the commentators. A group that’s not activating 800,000 handsets a day. All they do is keep Android in the news (as opposed to keeping HTC or Samsung at the top of the list). That’s why you can hear so much noise over all these version numbers, updates, and promoting the latest version.
Will anyone seriously jump in with both feet and code for version 5 during 2012 ? Developers focus on the biggest slice of Android action, and target their work there. And that means version 2.3.
Así es: los desarrolladores programan para las versiones más extendidas, así que volvemos al círculo vicioso de los huérfanos de Android: Nuevos terminales -> Nuevas versiones de Android -> Más fragmentación -> Viejos terminales que no se pueden actualizar -> Desarrolladores que no saben que hacer -> Usuarios descontentos -> Caos.
Puede que lo de “caos” sea un poco fuerte, pero es lo que parece estar ocurriendo con los que sabemos un poco de esto. Empezamos a cansarnos de tanta fragmentación. Y si nosotros, los que trabajamos en medios, se supone que somos una primera piedra de toque, Google y los fabricantes deberían estar atentos, o esto se les puede ir de las manos. No sé de quién es más la culpa -puede que la culpa sea de la filosofía de Android- pero alguien debería hacer algo.
Por cierto, muy recomendable el artículo al respecto de PC Magazine, titulado “Android Lacks Focus, and It’s a Problem“. Os dejo con uno de los párrafos finales:
Four months after the first Ice Cream Sandwich-powered phone, the Samsung Galaxy Nexus on Verizon, it’s still the only one running that OS. On all of the top seven major wireless carriers in the U.S. Until Google steps in, the situation will deteriorate.
De cuando en cuando uno se encuentra con una película sorpresa, que es lo que me pasó a mi este fin de semana ya a punto de irme al sobre. Echaban “La familia Jones“, una película de 2009 con David Duchovny y Demi Moore que parecía curiosa por la presencia de ellos dos -tanto de Duchovny, que me entusiasmó en Californication, como de Demi Moore, que sigue estupenda y eso que ya tiene sus añitos- pero que parecía aún más interesante por el argumento.
Famila perfecta que se muda a una de esas urbanizaciones americanas para gente bien sin ganas de mezclarse con la plebe. Marido y mujer guapetes, hijos guapetes, casa perfecta, y todas las comodidades. Pero algo pasa. Son demasiado chulis. Demasiado guays. Molan… y ahora mismo no estoy seguro siquiera de que saliese uno de los típicos Mac que salen en casi todas las películas de Hollywood en las que salen ordenadores. Molan tanto que no les hacen falta los Mac. Imaginad.
La película va descubriéndonos cómo esta familia es de pega -no descubro ninguna sorpresa, es algo que se ve en los primeros 5 minutos- y cómo lo que hacen es usar productos de marcas determinadas, presumiendo de ellos y luciéndolos por todas partes… para venderlos con el argumento fundamental de venta en nuestro mundo:
La envidia.
Ellos lo tienen y tú no. Pero puedes tenerlo, así que, ¿por qué no? Ese punto de partida de la película va haciendo que todos los personajes tiren de la cuerda y pasen unas cuantas cosas, que son las que vale la pena ver en la peli. No es una obra maestra, pero al menos es una peli con mensaje, cosa de la que muchas no pueden presumir. Sobre todo deja claro que muchos seguimos inmersos en ese estúpido consumismo que nos hace comprar cosas que no necesitamos y que acabamos comprando por pura envidia. Ni siquiera ya por la que nos puedan dar los demás, no. Por darla nosotros, que es peor.
El título viene a capón por dos razones: la primera, que ayer empezó la primavera, que la sangre altera. La segunda, que es realmente la que centra mi interés, que se ha descubierto un nuevo método para hacer que florezca un particular jardín: el de los canales de televisión por satélite, como los que ofrece Canal+ (hasta hace muy poco llamado Digital+). Las primaverales palabras han vuelto a hacerse realidad tras años de oscuridad para los que investigaban los algoritmos de protección de las emisiones por satélite. Los míticos métodos de decodificación del Canal+ y de Digital+ fueron una ruina para los responsables de Prisa -yo les saqué bastante partido, como pudisteis comprobar si me leíais en 2007-, que reaccionaron tarde pero bien con la adaptación a Nagra3, un sistema que por lo que sé nadie había logrado romper de forma efectiva.
Hasta ahora. Y siguen sin hacerlo
Sin embargo, hace aproximadamente un año que salió de la nada otra opción /nuevo método para poder conseguir ver los canales de televisión vía satélite a través de una combinación de hardware muy particular, que aprovecha otro de los conceptos famosos en este terreno, el cardsharing, y que en este caso sobre todo se basa en el uso de la llamada MatrixCAM Air WiFi, una tarjeta de acceso condicional que tiene la particularidad de que al conectarse por WiFi a nuestra red inalámbrica va abriendo en vivo y en directo los canales que teóricamente no deberían verse.
No he investigado mucho más sobre el tema, pero en los legendarios foros de Zackyfiles tenéis un apartado exclusivamente dedicado a ello en el que eso sí, no podréis preguntar nada abiertamente. Es una situación curiosa, porque probablemente el 99% de la comunidad escriben y preguntan para un sola objetivo, que es lo único de lo que no se puede hablar. La solución, los mensajes privados entre usuarios, que no están a la vista de buscadores y de posibles fisgones incómodos. Como ya se decía en 2006-2007, todo lo que publico aquí tiene fines educativos, y lo mismo argumentan en sitios en los que hablan del tema largo y tendido para ofrecer los ficheritos para la MatrixCAM, o los sitios en los que es posible comprobar como con este tipo de inventos podríamos estar toda una semana o un mes tirados en el sofá sin parar de ver pelis, partidos, series o documentales de calidad y sin descanso. Qué peligro, majos.
Aviso: no contestaré preguntas sobre el tema. Los que queráis extenderos sobre él podéis tirar de Zackyfiles.
Actualización (22/03/2012): como apuntan en los comentarios -no lo había mirado mucho, como decía- esta solución ofrece una opción “fácil y automática” de aprovechar el tema del cardsharing, que no se sabe cuánto durará. De momento funciona, eso sí.
Soy un linuxero atípico, supongo. Escribo esto desde Arch Linux (con GNOME Shell) mientras rula un sudo pacman -Syu, y en otra partición tengo instalada Precise Pangolin para ir probando las novedades de Unity -con un HUD que realmente está curioso- y tratar de acostumbrarme a un shell que nunca me acaba de atrapar. Pero estas dos distribuciones están desde hace tiempo en segundo plano: trabajo en Windows 7 por costumbre y comodidad, y además también trabajo con Mac OS X cuando uso el MacBook Air, algo que hago sí o sí todos los días. Así pues, no me restrinjo a una sola plataforma, y de hecho me siento cómodo básicamente con cualquiera de ellas, pero desde luego tanto Windows 7 como Mac OS X tienen (al menos) una clara ventaja sobre Linux: la ausencia de distintas versiones en las que cada cosa se hace de forma distinta.
La reflexión no es nueva, y ya lo comentaba hace meses con aquello de “La paradoja de la elección: más es menos“, pero un post de Ingo Molnár -una de las personalidades del mundillo Linux- en Google+ me ha vuelto a refrescar el tema. Molnár (o Molnar) llega a una conclusión irónica en su post: Linux no es lo suficientemente libre, y la frase clave -en mi opinión- de toda su diatriba es esta:
Desktop Linux distributions are trying to “own” 20 thousand application packages consisting of over a billion lines of code and have created parallel, mostly closed ecosystems around them.
Las distribuciones Linux están tratando de “apropiarse” de 20.000 paquetes de aplicaciones constituidas por más de 1.000 millones de líneas de código y han creado ecosistemas paralelos y prácticamente cerrados alrededor de ellas.
Así es: es patético, pero hay una curiosa enemistad entre usuarios de Ubuntu, openSUSE, Arch Linux, Debian, Linux Mint, Fedora, Mandriva y ese largo etcétera de distribuciones disponibles en este segmento. Se han creado facciones, grupos de usuarios que defienden que la única verdad verdadera es la de Yoigo su distribución, y se enfrentan a cualquier otra opinión de forma frontal.
Lo más patético no es eso: lo más patético es que incluso para usuarios de una misma distribución se repite la misma historia cuando hablamos de entornos de escritorio (Flame wars: KDE vs GNOME) o, más recientemente, shells (GNOME Shell vs Unity vs Cinnamon). En realidad esas absurdas batallas sobre quién la tiene más grande se extienden a todo lo que tocan Linux y el Open Source. Distros, entornos de escritorio, shells, aplicaciones, configuraciones, personalizaciones, etc. La libertad y diversidad que ofrecen Linux y el Open Source han sido el principal motivo de que aparezcan esas rivalidades absurdas. No entre todos los usuarios, desde luego, pero sí entre muchos.
Personalmente creo que la situación no tiene solución. La condición humana es así, nos gusta creer llevar la razón absoluta y pegarnos con el de al lado si nos cuestiona, y aunque Molnar propone algunas opciones en la segunda parte de su post, esa gran unificación de distribuciones es, yo diría, imposible.
Así que, amigos (y enemigos) linuxeros, estamos apañaos.
No tengo ni idea de la cantidad de noticias y artículos que puedo llegar a leer al día. Muchos. El trabajo obliga, porque de esa tarea de investigación salen los contenidos que publico en MuyComputer o MuyLinux. Desde que empecé a publicar online mantuve la costumbre de enlazar a la fuente o fuentes, algo que éticamente me parece lo mínimo que se puede hacer para que el lector pueda seguirle la pista a la noticia y llegar así a la fuente original si es lo que quiere.
Lamentablemente, esa práctica no es del todo normal: la competencia en los medios online es feroz, y a menudo algunos evitan enlazar a la fuente, o usan menciones del medio sin enlace, para que el internauta no salga fácilmente de ese contenido. Es algo muy típico en grandes periódicos y revistas online que ya son una institución en el mundo del papel y a los que parece que hacer referencia a una fuente menor les provoca sarpullidos.
El debate está ahí, y de hecho recientemente aparecía el llamado Curator’s Code, un intento de establecer una forma ética y universal de respetar el trabajo (sea original, agregación o “reescritura”) de cada autor en Internet. Marco Arment, creador de Instapaper y con uno de esos pocos blog “reveladores” (lo recomiendo) ha publicado su opinión sobre el tema, y en dicha reflexión deja claro que para él enlazar a la fuente original es totalmente secundario, ya que la mayoría de la gente ni siquiera hace clic en esos enlaces, estén por medio del artículo o al final del mismo con el tradicional “vía”.
Normalmente Arment suele tener una opinión con la que coincido, pero ese no es el caso esta vez. Por definición la web está basada en hiperenlaces, así que no enlazar es quitarle un ingrediente fundamental al contenido. Puede que casi nadie haga clic en esos enlaces, pero al menos el autor debe ofrecer dicha opción. No solo por dar crédito al trabajo de nuestra fuente (sea original o no), sino porque la web sin enlaces no sería la web.
Había oído hablar de este proyecto hace unos meses, pero no le presté demasiada atención. Mal hecho. The Khan Academy es la iniciativa educativa más prometedora desde hace mucho tiempo, y como muchos otros proyectos de éxito, la idea surgió de una forma bastante chorra. La sobrina de Salman Khan -graduado en el MIT, y creador del proyecto- tenía problemas con las mates, así que comenzó a grabarle algunos vídeos que subió a YouTube para ayudarle con sus deberes. Los vídeos acabaron siendo seguidos por muchos internautas, y a Khan se le encendió la lucecita.
A partir de ahí la cosa no fue sino ir a más, con una plataforma propia que basa totalmente en vídeos didácticos y que tiene otro componente diferencial que no tenían otras plataformas educativas: el control del progreso sobre una serie de ejercicios prácticos que evalúan ese progreso, y que permiten conocer al alumno -o al educador- dónde ha fallado y le permite repasar la lección para mejorar ese apartado en particular.
Por ahora las materias impartidas están más destinadas a la educación base en temas como matemáticas, física o biología, pero es más que probable que esa orientación a los más jóvenes acabe siendo solo un paso natural hacia una formación académica e incluso a una formación especializada en campos avanzados. Teniendo en cuenta el deplorable estado de la educación en nuestro país -tiemblo al pensar lo que les espera a nuestros hijitos- puede que iniciativas como Khan Academy sean un apoyo fundamental para los más jóvenes, y un verdadero recurso para esa formación especializada que se vislumbra en el futuro de The Khan Academy. Por cierto, este post viene al hilo del reportaje que la CBS y su famoso 60 minutes han hecho sobre este genial proyecto.
Disculpas por esta sequía productiva que me asola: están siendo días complicados por diversos motivos y no he podido sacar tiempo para actualizar el blog. Pero claro, hay temas importantes sobre los que opinar, y uno de ellos es sin duda el de la salida de “El nuevo iPad” de Apple. Ese nombre me pareció bastante estúpido al principio, pero debo reconocer que tiene cierto sentido, porque salvo sus dispositivos móviles, Apple nunca ha usado “apellidos” para calificar a sus productos. El iMac o el MacBook Air siempre son el iMac o el MacBook Air, y solo se les puede diferenciar como hacen en las pelis americanas con los coches: con el periodo del año (Late 2011, por ejemplo) de su lanzamiento.
Y ahora viene el comentario sobre los nuevos iPad, que no son más que una vuelta de tuerca más a los dispositivos originales. Pantallote Retina Display -veremos cómo se adaptan las aplicaciones a ella, pero en el iPhone 4 no hubo demasiados problemas cuando llegó esta tecnología- cámara iSight, y el nuevo microprocesador A5X que aún no ha demostrado nada, pero que seguramente se comporte muy bien durante cierto tiempo. Apple ha vuelto a hacer lo de los últimos años, y sin sorprender demasiado -ya se conocía todo por los constantes rumores- ha confirmado una evolución aplasante de un dispositivo que como dicen por ahí, hoy por hoy es imbatible en precio/prestaciones. Algunos llaman a este iPad el iPad 2S, y no les falta parte de razón.
Sea como fuere, solo el Transformer Prime de ASUS podría competir en mi opinión, pero ahora pierde puntos por la integración de esa pantalla de alta definición. En Slate tienen una teoría curiosa sobre el futuro del mercado de los tablets. En el primer escenario sucedería lo mismo que ha ocurrido con los smartphones: el iPhone ha triunfado, pero los competidores han logrado ofrecer alternativas válidas, y de hecho el futuro promete aún más. En el segundo escenario la cosa se pone complicada para los competidores de Apple, ya que el iPad sería a este mercado lo que el iPod ha sido (y es) al mercado de los MP3. Y eso es mucha tela.
En Slate -ya ni hablo del fanboy de Apple por excelencia, el amigo Gruber- indican que 10 años después de su lanzamiento el iPod mantiene una cuota de mercado asombrosa del 78% en reproductores MP3, pero no dicen nada de que los competidores simplemente dejaron de intentarlo hace mucho tiempo: los smartphones son para muchos ya sus reproductores MP3, así que esa comparación es un pelín peligrosa. Pero el iPad ciertamente tiene visos de convertirse en el iPod de los tablets, porque la inercia de Apple, su poderío, su impresionante oferta software (en muchos casos, específica para el iPad) y su estrategia siguen funcionando: cuando parece que les van a alcanzar, sacan algo que vuelve a dejar clara la distancia.
No tengo claro que Apple pueda mantener esa ventaja en el mercado de los tablets: hay demasiados interesados que no quieren que se repita la historia del iPod, y aunque puede que sigan tardando aún un tiempo en equiparar prestaciones, yo diría que el iPad acabará en el escenario del iPhone: muy popular, pero no mayoritario. Pero también creo que los tablets son una moda, que está durando quizás demasiado (y Microsoft la prolongará con su sistema operativo pro-tablets, Windows 8), y que por mucho que queramos el teclado y el ratón seguirán acompañándonos muchos años. Pero esta segunda opinión desde luego no parece responder a los hechos, así que cada vez la digo con la boca más pequeña. Veremos.











