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Mucho se ha dicho y escrito sobre el caso Megaupload, que ha explotado poco después de mi pequeño y reciente post sobre la piratería. La debacle de la reina de las descargas directas ha provocado un efecto dominó, y todos los servicios de ese ámbito están comenzando a intentar salvarse de la quema. Uno de ellos, Fileserve, del que he sido usuario mucho tiempo (también de pago, sí) ha comenzado a retirar enlaces a contenidos que no deberían estar en la red, y que obviamente son los responsables de que el servicio diera dinero.
Las consecuencias van mucho más allá, y se ha hecho un poco más notoria la tremenda presión que los grandes estudios de Hollywood tienen en la política de los EE.UU, y por extensión, en muchos otros países como el nuestro, tan influenciado por todo lo que venga de las maravillosas tierras yanquis. Dudo mucho que haya solución fácil para estos servicios, que si no ocurre algo raro desaparecerán del mapa tal y como lo hizo Napster hace unos cuantos añitos.
Afortunadamente los internautas tienen unas cuantas alternativas que pueden ofrecer acceso a esos contenidos tan buscados, y la mejor y más capaz de todas ellas es la filosofía P2P que se hace realidad en el protocolo BitTorrent. Los torrents habían quedado un poco ensombrecidos por la potencia de los servicios de descarga directa, pero estoy convencido de que los trackers vivirán una segunda juventud si les dejan. Puede que The Pirate Bay no sea lo que fue, pero hay trackers muy decentes por todos lados en los que encontrar esos contenidos que ahora comienza a ser complicado encontrar en el Megaupload, Fileserve, FileJungle o FileSonic.
No puedo evitarlo. Cada vez que leo la palabra “Ballmer” en algún lado mi mente hace ‘clic’ y recupera esa imagen a lo Camacho del actual CEO de Microsoft. Sudoroso, exhausto y con pinta de todo menos de CEO, gritando su famoso “Developers, developers, developers”. Probablemente a mucha gente le pase igual, porque para bien o para mal aquel momento definió a Ballmer como directivo. En mi caso, desde luego, fue para mal. Ballmer me parece un gestor sin carisma y sin la visión que creo imprescindible en una empresa tecnológica, sobre todo si se habla de un gigante como Microsoft, tal y como recalqué hace unos meses.
Lo que sí parece tener Ballmer es claridad de ideas. Desde que es responsable de Microsoft se ha rodeado de gente de su confianza para liderar las distintas divisiones de la empresa, algo que ha dado buenos resultados en ciertas áreas, y no tan buenos en otras. Y aquí es donde viene mi balance de una empresa que hace apenas 10 años parecía no poder tener rival, y que hoy en día, a pesar de su relevancia y magnitud, sí está claramente detrás de otras grandes en sectores de primer nivel como Internet o la movilidad.
El propio Ballmer lo reconocía en una reciente entrevista en BusinessWeek a la que hacía referencia Antonio hace bien poquito y que de hecho ha sido el detonante de este artículo. Ballmer comentaba:
“Four years ago, you know, I can remember statistically when we would have looked far more like the overdog in everything,” he says. “Now we’ve got battles where we’re big and strong and powerful, and we’ve got battles where other guys are moving, and it’s fun to work both from the front of the pack and from the back of the pack sometimes. They’re different kinds of competition, but they both drive you, push you.”
Es cierto (aunque cuatro años es una cifra corta), y sus conclusiones también parecen sinceras: puede que en algunas cosas vayan detrás de otros, pero tanto ser líderes como no serlos les impulsa a mejorar. La pregunta es: ¿lo están consiguiendo?
Mi respuesta, a continuación.
(Aviso: coged algo para picar. Me ha dado por escribir)
Ah, los trolls. Esos pequeños y molestos gilipipas que ensucian cualquier debate. Esta es mi oda para ellos. Porque ya no me molestan. No me importan. He llegado al zen, a esa comprensión absoluta del lema que es y ha sido siempre el único arma contra sus réplicas, sus críticas con mala baba, sus comentarios ignorantes, o sus comentarios ilustrados, que también los hay, pero con la misma mala baba. El lema es, como reza el título de este artículo, “Don’t feed the troll“. No alimentes al troll. No eches más leña. O lo que es lo mismo, pero en una palabra:
Ignórale.
Paul Graham sabe un poco de trolls. Para los que no lo sepáis, este programador creó Hacker News, el que hoy por hoy es -para mi al menos- la fuente de noticias tecnológicas más importante del planeta. Yo prefiero por tema visual su interfaz alternativa no oficial, Hckr News, pero al final el debate es el mismo. En Hacker News pueden presumir de tener un índice bajísimo de trolls, sobre todo si lo comparamos con otros muchos medios que sufren de ese mal de forma continua. Slashdot, Digg, o nuestros Menéame y Barrapunto tienen el mismo problema. ¿Cómo lo han logrado?: Respetando los términos de uso. “Sé cívico. No digas cosas que no dirías en una conversación cara a cara”. Ese principio, y el hecho de que los votos negativos sí funcionan (en otros servicios la automoderación no acaba siendo suficiente) ha logrado hacer que Hacker News siga pudiendo presumir no solo de sus enlaces a noticias relevantes, sino de un debate en los comentarios que suele ser bastante más interesante que la noticia en sí.
Hay demasiado gilipipas, y lo malo es que muchos de los internautas que les tienen que soportar no tienen esa capacidad de ignorarles. Una capacidad que se aprende, y que se aprende perseverando (podéis practicar leyendo los comentarios de cualquier noticia de Marca.com, en donde los trolls son dueños y señores). Porque lo primero que le sale a uno de dentro cuando ve un comentario de un gilipipas es tratar de ponerle los puntos sobre las íes. Pararles los pies. Darles una lección, que para eso somos más listos, o escribimos mejor, o simplemente, creemos tener la razón absoluta.
Craso error. Ignoradles. Como lo he logrado hacer yo, a pesar de que de cuando en cuando se me pone la vena en la frente y querría no solo decirles cuatro cositas a la cara, sino quizás -solo quizás- meterme en el ring con ellos un par de asaltos para ponerles las pilas con mi dilatada carrera boxística de 3 años. Lo malo es que probablemente haya más de uno que también sepa boxear -y más que yo, seguro- así que me relajo bastante rápidamente, y recuerdo las enseñanzas de los maestros. Vuelta al zen. Vuelta al lema. No alimentes al troll.
Ignórale.
Hacía tiempo que un post de Incognitosis no generaba tanta polémica por todo, desde el título a mis conclusiones, y vuelvo a repetir mis dos aclaraciones: la primera, que efectivamente hablar de algo que nunca he tenido en mis manos más de 5 minutos suena a poco profesional, y por eso es un artículo de opinión “filosófica”, y la segunda, que no estoy en contra de la tinta electrónica ni mucho menos. Mi predicción es eso, una predicción, una sensación de por donde creo yo que van a ir los tiros. Puede que me equivoque, y puede que no, pero algunos os habéis tomado el tema un poco a la tremenda.
Dejando a un lado ese post, comento la reflexión que publican en uno de los míticos de la blogosfera hispana, Blogoff (vía Erro500), y en la que se habla del coste de oportunidad, un concepto que el autor define como “aquello a lo que se renuncia por conseguirlo” y que está muy ligado a las descargas de contenidos en Internet. Y concuerdo con todo lo que dice: encontrar hoy en día una peli o serie en Internet y verla con calidad no es moco de pavo, incluso para los que llevamos tiempo en esto.
Hay que buscar el contenido en buena calidad de audio y vídeo (tiempo), descargarlo a ser posible mediante un servidor de descargas directas (tiempo y dinero) buscar los subtítulos (tiempo), asegurarnos de que estén bien sincronizados (más tiempo), grabarlo todo en nuestro Media Center (tiempo), y disfrutar de la experiencia. Todo ese tiempo que “malgastamos” para conseguir ese contenido gratis y ese dinero que podemos haber gastado para poder descargarlo rápidamente hacen que esa descarga no sea tan gratuita como pensábamos.
Porque como decía “el garbanzo” -temible cura mercedario-, nuestro profe de latín de segundo de BUP, “el tiempo es oro”. A lo que él añadía, claro, “y el que lo pierde, bobo”, no sin completar la frase con más de un capón sorpresa -de cura, de los de antes- al incauto de turno.
Los lectores de libros electrónicos “puros”, aquellos que nacieron con ese único propósito, no tienen futuro. Al menos, no demasiado, tal y como comentan en LoopInsight, de donde viene la idea de este post. Puede que los veamos por todos lados, y que se hayan convertido en el regalo estrella de estas navidades. El Kindle de 99 euros parece un producto atractivo, con una pantalla de tinta electrónica bastante evolucionada y un catálogo prácticamente inacabable de libros para comprar y descargar.
Y sin embargo, no acabo de entender qué puede ofrecer un lector de e-books ante un tablet. Bien por la citada pantalla de tinta electrónica, fantástica para leer en exteriores, y bien por su ligereza y por su batería casi inacabable. Pero todas esas virtudes se quedan en nada cuando comparamos al Kindle con su hermano mayor, el Kindle Fire, o con cualquier otro tablet medianamente decente. Es obvio que el precio es más alto en el caso de los tablets, pero ¿por qué querría alguien cargar con un producto que solo hace una cosa -aunque la haga muy bien- cuando hay opciones mucho más versátiles?
Los tablets son perfectos como herramientas de lectura. De hecho, la gente no hace prácticamente otra cosa que leer en ellos. El cuento de que las pantallas de tinta electrónica son más “benevolentes” con nuestros ojos puede ser cierto, pero hay que ser bastante hipócrita para argumentar que compramos un Kindle por esa razón cuando nos pasamos 8 o 10 horas delante de una pantalla. Una o dos horas más con un tablet de vez en cuando no van a suponer mucha diferencia, creo yo. Y los tablets -ojo, no digo que sean la solución para mi- ofrecen mucho más de lo que ofrece cualquier Kindle. Puede que los usuarios aún no se den cuenta, y puede que los Kindle “puros” y sus rivales aún se vendan de forma decente durante un par de años -auguro caída de ventas respecto a 2011, fijo- pero la tinta electrónica no puede competir con unos tablets que le dejan mordiendo el polvo en casi todas las batallas. Son demasiado superiores. Demasiado chulos. Y a la gente le mola tener algo chulo. Como bien sabía tito Steve.
[Actualización (10/01/2011)] Vaya. Acabo de ver todos los comentarios y está claro que los propietarios de un lector de libros electrónicos estáis encantados. Pero lo interesante es que los que tenéis tanto uno como el otro seguís encantados con vuestro lector de e-books, algo por lo que no hubiera apostado tanto. Debo reconocer que nunca he pasado más de 5 minutos con un lector de libros electrónicos -tampoco es que haya pasado mucho más tiempo con un tablet-, pero aunque encuentro que sus prestaciones son fantásticas, dudo que puedan competir con las que ofrecen los tablets, que, como indicaba, son mucho más versátiles (sí, y más caros). Dudo que un tablet sustituya al portátil, pero sí veo factible que sustituya (o “se coma”) a los lectores de e-books. No es algo que me guste -la tinta electrónica es una tecnología notable-, pero es simplemente una evolución clara que veo. Ojalá me equivoque… y gracias por las críticas y los comentarios.
Creo que nunca he hablado de política en Incognitosis. Es un tema que no me atrae a pesar de su absoluta relevancia, pero sí que me he dado cuenta en los últimos tiempos de cómo la conversación con amigos y conocidos, que nunca iba por esos derroteros, sí que ahora desemboca alguna que otra vez en cómo están las cosas y en cómo creemos que unos u otros la han cagado. Mi posición es cómoda, me temo: suelo escuchar (para aprender, espero), pero no me pronuncio demasiado, porque tengo demasiados temas cogidos con pinzas. Pero si tuviera que elegir un grupo de cinco palabras para definir la política actual (y puede que la de siempre), una de ellas sería, sin lugar a dudas, corrupción.
Ese es el tema central de la película que vi ayer, otra vez en V.O. subtitulada en inglés y en 720p en el proyector, que mola más. The Ides of March (Los idus de marzo) tiene un título que hace referencia a la época de la antigua Roma, y está basada en la novela “Farragut North” de Beau Willimon. George Clooney se lo ha currado, desde luego. Cogió la novela, ayudó a escribir el guión, y a partir de ahí ha dirigido, producido, y protagonizado la película. El resultado es fantástico, incluso teniendo en cuenta que Ryan Gosling no me pega en el papel de listillo (ni en ninguno, en realidad, me parece un actor mediocre). Philip Seymour Hoffman y Paul Giamatti (al que se ve mucho menos) lo bordan, y Marisa Tomei -los años no pasan en balde- también lo hace realmente bien.
Como decía, el resultado es fantástico. El desarrollo de la película es perfecto, y el resultado, tristemente predecible. Y digo “tristemente” no porque sea malo, ni mucho menos. Es predecible porque narra crudamente la realidad política a la que nos enfrentamos. Una realidad que vemos todos los días en nuestro país en los telediarios, pero que seguramente sea tan solo una mínima parte de una realidad mucho más grande que sucede sin que nos demos cuenta. Y los friquis nos quejamos de que Google o Facebook amenazan nuestra privacidad. Ja. No tenemos ni idea de lo que se cuece. Eso sí que da miedito.
No hace demasiado tiempo que descubrí las llamadas TEDTalks, una serie de miniconferencias en píldoras de unos 15 minutos (a veces menos) en las que todo tipo de personas cuentan sus experiencias, proyectos e ideas. TED es una organización sin ánimo de lucro que funciona desde 1984 y que precisamente tenía como objetivo difundir ideas -al principio, sobre tecnología, ocio y diseño, aunque ahora el ámbito se ha ampliado a todas las ramas del conocimiento-. Y vaya si lo está consiguiendo.
Creedme si os digo que algunas de esas TEDTalks son probablemente las mejores conferencias que he visto jamás, comparables en cierta medida a las legendarias keynotes de Steve Jobs. La temática es muy variada, así que podéis encontrar de todo, pero lo que yo os recomendaría es que os dejéis sorprender. Aunque hay algunas charlas imprescindibles que no debéis perderos (las listas de recomendaciones de Google son casi infinitas), vale la pena ir explorando -por ejemplo, a través del blog oficial o de la cuenta de Twitter oficial- esas conferencias poco a poco, algo que podéis hacer tanto desde el PC como desde vuestro smartphone o vuestro tablet.
Yo lo estoy haciendo mucho últimamente: los -lamentablemente- largos viajes en transporte público al trabajo me dan para ir viendo varias charlas por trayecto, y en mi caso hago uso de dos aplicaciones para Android. BeyondPod (por ahora uso sobre todo esta) y TED Air son fantásticas porque permiten descargar las conferencias ya niqueladitas para vuestras pantallas móviles, y aunque tiene el problema de que no hay subtítulos en inglés en esas descargas, si os manejáis no suele haber problema. Creedme, vale la pena probar.
Y como muestra un botón. Los pelos de punta. Ya lo entenderéis.
Este año recibí una postal navideña de unos buenos amigos. Una. Es un poco triste, pero es la tendencia de estos últimos años. Lo de enviar algo por correo tradicional es demasiado incómodo -aunque tenga mucho más encanto-, así que hemos pasado a formas mucho más simples de comunicarnos con nuestros seres queridos incluso en ocasiones señaladas en las que no estaría de más currárnoslo un poco. Los SMS han sido durante muchos años uno de los medios preferidos por la gente para felicitar fiestas navideñas, y lo de enviar mensajes genéricos e impersonales ha sido la gota que ha colmado el vaso de la perecilla navideña.
Pero el negocio de las operadoras telefónicas se acabó, tal y como señalaba Antonio hace poquito en Error500 -la envidia, deporte nacional- y como también han destacado en medios de mucha mayor dimensión, aunque no necesariamente de mayor acierto. La conclusión es la misma a la que apuntaba en agosto, y que ha hecho que hoy por hoy lo de los SMS estén abocados al destierro absoluto. Demasiadas alternativas gratuitas -eso en sí es otro problema- como para estar pagando por algo que uno puede ahorrarse.
Eso también tiene un efecto positivo -también lo decía Antonio en su post- para las operadoras, que con esa necesidad de soluciones de mensajería instantánea venden planes de voz y datos como churros. Pero dudo mucho que esa ventaja compense el desastre que provocará el descenso en envío de mensajes SMS, un negocio que me alegro de ver desaparecer por lo mucho que nos ha perjudicado económicamente a los usuarios de móviles. Puede que la mensajería instantánea parezca maravillosa al lado de los SMS, pero lo cierto es que todas esas aplicaciones y los muchos mensajes que han llegado gratuitamente desde ellas -muchos con la mejor de las intenciones- siguen quedando muy, muy atrás si las comparo con esa única postal navideña que he recibido y que me ha hecho más ilusión que a McGyver una navaja suiza. Ya sabéis. El año que viene, mandad una postalita, cabrones.
Ayer estuve viendo Moneyball en el proyector, en 720p y en V.O. con subtítulos en inglés, por si, y la verdad es que estrené el año en mi “Kinépolis” particular con todo un acierto. La película (en España se estrenará el 3 de febrero) probablemente no guste a todo el mundo, pero a mi me pareció fantástica tanto por su argumento -que además, está totalmente basado en hechos reales, aunque no dicen nada hasta el final-, como por su desarrollo y sus actores. Hace tiempo que Brad Pitt demostró que es algo más que un guaperillas, y al contrario de lo que ocurre con su mujer, sabe actuar, a pesar de que tiene muchos gestitos recurrentes (como toda la profesión, claro). El resto tampoco desentona, aunque no sé si hubiera elegido a Jonah Hill (Supersalidos) como coprotagonista de lujo.
Sea como fuere, la peli, como digo, es súper interesante por lo que narra. Muy americana en todo, previsible precisamente por eso, pero satisfactoria igualmente. Y lo que no logro entender es, con la cantidad de historias interesantes que existen en el fútbol, cómo jamás (una excepción importante, “Evasión o victoria”, y otra salvable, “Shaolin Soccer”
), se ha hecho una peli decente sobre el deporte probablemente más importante y popular en todo el mundo. En España, como siempre, hemos preferido tirar de la comedia barata (“Días de fútbol”, o “El penalti más largo del mundo”, con algún que otro puntillo), pero es curioso que cuando copiamos todo lo que viene de los States con tanta dedicación no seamos capaces de reproducir esas películas de héroes deportivos que nos hacen pensar eso de “Joder, eso en España no pasa”.
Me queda el estúpido consuelo de que esa realidad no es solo española, sino global. Ha habido algún intento lamentable de producción al respecto (Goal y Goal 2, con participación madridista, patéticas), pero ni siquiera los británicos, que tendrían ciertas opciones porque para eso hablan de forma nativa en el idioma del cine, han logrado nada. Pero yo diría que tarde o temprano tiene que aparecer esa peli que por fin haga que no sólo el baloncesto (“Hoosiers”, “Coach Carter”), el fútbol americano (“Remember the Titans”, “Un domingo cualquiera”), o el béisbol (“Campo de sueños”, y, cómo no, una de mis 10 favoritas de todos los tiempos, “El mejor”) tengan un rinconcito de lujo en nuestras videotecas.











