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Historia de una cajetilla de Nobel

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Mi padre fumaba. En sus buenos (o más bien, malos) tiempos lo hacía como un carretero, y no era raro que cayeran un par de cajetillas de Nobel al día. Logró dejarlo en alguna ocasión, pero al final siempre volvió a aquello. Pero al menos en el caso de mi padre, la cajetilla de Nobel era algo más que una simple cajetilla. Era su ToDo List. Su lista de tareítas. Porque justo dentro de las fundas de plástico que envolvían la cajetilla de cartón estaban aquellos pequeños papelitos que iban danzando de cajetilla en cajetilla en los que iba apuntando con aquella caligrafía decidida -toda en mayúsculas, como si estuviese escribiendo en BASIC- todo aquello que tenía pendiente. Era, al menos para él, un método infalible para organizarse con aquellas singulares listas de tareas.

En mi caso aquella tradición nunca caló. Odio las listas de tareas. De hecho, aunque he intentado mejorar mi productividad y mi organización tras leer clásicos modernos como el famoso GTD (“Getting Things Done“) o alguna que otra perogrullada, nunca he llegado a nada. Lo de las listas de tareas no me va. Ni servicios web, ni la lista de tareas de Google -y mira que Gmail es pestaña fija en mis navegadores-, ni aplicaciones en el móvil, algo que pensé que podría ser la salvación tras ver aquellos vídeos promocionales de Siri en el que uno le iba dictando citas y tareas pendientes a ese asistente virtual que se ha convertido casi en un Clippy “Made by Apple“. Cierto que hay aplicaciones de lo más molonas para smartphones en este sentido -probablemente la más chula sea Clear,  para iOS- pero estar tirando del móvil también para esto no siempre es lo más cómodo (al menos para mi, soy una tortuga escribiendo en el móvil) o lo más adecuado.

Ni siquiera me he logrado acostumbrar a los métodos de la vieja guardia. Tener encima de la mesa un bloc de notas en el que ir apuntando ideas y tareas pendientes al final tampoco me ha funcionado, y he acabado desistiendo en esto de las listas de tareas en las que curiosamente tengo a mi mujer (¡pipi!) como verdadera gurú de las listas de tareas. Mi particular “Miss Todo List” tiene una voluntad inquebrantable no solo a la hora de apuntar tareas y subtareas pendientes, sino a la hora de llevarlas a cabo sin que la peligrosa procrastinación se interponga en su camino.

Hablaba de ello recientemente una de mis fuentes de inspiración, Jeff Atwood, quien ha sufrido la misma experiencia y que llegaba a la conclusión de que de listas de tareas, nada. Lo que es importante lo deberías poder recordar por ti mismo. Sin embargo y como señalaban otros lectores en los comentarios,  las listas de tareas son muy útiles para esas otras cosas. Las no importantes. El problema, claro está, está en ser lo suficientemente disciplinado como para mantenerlas y, sobre todo, para ir tachando elementos de las malditas todo lists.

Por cierto: no puedo probar el infalible método de mi padre. No fumo, algo de lo que él estaba especialmente contento. Va por él.

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5 comentarios en “Historia de una cajetilla de Nobel

  1. tammuz dice:

    cuando yo aun fumaba hacia lo mismo aunke al final se iba todo a la papelera xD , lo de las listas tampoko va conmigo, ni apps ni nada puede ayudarme , voy a mi bola resolviendo todo en el ultimo minuto

  2. n378urn3r dice:

    Soy otro incapaz de terminar por orden fifo las cosas que me propongo hacer.me gusto mucho la tecnica pomodoro pero con los tiemos que corren , somos esclavos e la cultura de la inmediatez, del to”do para ayer” y del fexito instantaneo. Buen post.

  3. Pues sinceramente, son una gran ayuda. Simplemente el tener apuntado todas esas cosillas que tienes que hacer y que solo te acuerdas de ellas cuando estas haciendo otras cosas.
    Las apuntas y de vez en cuando vas mirando que puedes hacer, te sorprenderias de todo lo que puedes hacer en un dia ;-)

    • Chonago dice:

      Muy bueno Javi. Que recuerdos.
      Yo si tengo una ToDo list, pero muy tradicional. Apunto en el cuaderno y voy tachando. Eso sí, no consigo evitar la todopoderosa procrastinación…

  4. Pingback: Google Keep llega en mal momento | Incognitosis

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