Archive for diciembre, 2010
No acabo de pillarle el sentido a Foursquare. Puede que me equivoque -ya lo hice con algún que otro post inicial en contra de Twitter, para luego rectificar y quedar finalmente convencido- pero mientras que en Twitter la máxima es compartir contenidos de interés (dejemos aparte aquellos que lo usan como email con mensajes públicos) en Foursquare jugamos a ser los personajes menos caseros del mundo, y a presumir de ello.
Y es que aunque Foursquare tenga un ingrediente interesante -compartir lugares de interés- no creo que eso no se pudiera hacer con Twitter, ni que de repente una red social tenga sentido solo para decirle al prójimo que estamos tomando una ración de chopitos en el bar de la esquina o que somos alcaldes (mayor) de nuestra propia casa. Faltaría más.
Pero como sucedía en Twitter al principio, y como sucede en Facebook y otros muchos servicios de Internet, está claro que la gente tiene muuucho tiempo libre. Y encima nos cuentan a los demás que lo tienen. Claro está que cada uno elige si quiere o no estar atento a esa información tan crucial para nuestra vida. Y para eso están las opciones (que vivan), pero a mí estos servicios que resuelven problemas que no teníamos no me van.
Strike (como diría mi cuñao) para el próximo mensaje de alguno de mis contactos en Twitter que sea reenviado por Foursquare. Me importa un pijo dónde estéis. Y ya sabéis lo que pasa con tres strikes
(Por cierto, esta reflexión viene del artículo de Compete “I’m the mayor! So what?” en el que parece demostrarse que Foursquare está cada vez más de capa caída).
¿Cuántos de vosotros escucháis cosas nuevas cada cierto tiempo? Yo, desde luego, soy bastante negado en este apartado, y me limito a hacer una reproducción aleatoria de toda mi biblioteca musical -que pocas veces renuevo- o, en el mejor de los casos, me hago una lista de reproducción con algunas canciones que me gustan especialmente.
La necesidad de enchufar el viejo iPhone a iTunes hizo que al final me acostumbrara a utilizar esta aplicación, cuyo sistema Genius es bastante decente a pesar de mis críticas iniciales -quizá han mejorado el algoritmo, pero ahora la selección de canciones parecidas a la canción base es bastante buena. Así que me encuentro casi siempre con ese panorama, en el que vuelvo a escuchar la misma música una y otra vez. En Linux tiro de Amarok normalmente, pero al final el resultado es el mismo. Aburrimiento musical.
¿Qué hacer para resolverlo? Aquí espero vuestros comentarios, pero descarto cualquier sistema de pago. Hace mucho que no entro en mi cuenta de Last.fm -que yo sepa, este servicio se había vuelto totalmente Premium- y Pandora solo funciona en EEUU. A Spotify le falta un sistema de recomendación -que no entiendo como han puesto ya- y aunque sé que a partir de ellos han salido cosas curiosas -como las listas de Spotify- sigo sin tener claro cómo descubrir nueva música con posibilidades “altas” de que me guste, y sin tener que pasar por 100 canciones que no aciertan.
¿Ideas para un vago musical?
Una de las primeras cosas que hice en cuanto recibí el MacBook Air fue tratar de instalar Linux, y más concretamente Ubuntu 10.10, la última versión estable de la distribución de Canonical, que uso bastante a menudo y que quería tener disponible en mi nuevo caprichito. Sin embargo, la cosa no fue del todo sencilla.
Mi idea era realizar la instalación desde una llave USB, algo que teóricamente es posible gracias a rEFIT, pero no logré dar con la clave: unos decían que había que utilizar la ISO Alternate de Ubuntu, y otros que la ISO normal para sistemas de 64 bits funcionaba sin problemas. Sin embargo, no había forma. El instalador ni siquiera aparecía, y cuando lo hacía no completaba las operaciones.
El procedimiento, por si os interesa, es algo complejo: hay que descargar Ubuntu, crearte tu llave USB, y, atención, crear aparte una partición en el MacBook Air con formato FAT32 para luego clonar la estructura de la llave USB en esa partición. En este hilo de UbuntuForums hay bastante información al respecto, aunque algo mal organizada. Como digo a mí no me salía, así que me cansé y opté por el camino cómodo. Vivan los viejos CDs.
Cuando era peque en mi casa solo había una tele. Una Sanyo que aguantó, fácil, 30 años. El lavavajillas, que aún sigue funcionando mal que bien en la cocina, debe rondar ahora los 40 años.
Diré aún más: durante muchísimo tiempo le gasté un buen montón de bromas a mi padre sobre su equipamiento informático: en el año 2000 tenía un Thinkpad T20 (creo recordar) que luego le iban cambiando en el trabajo, pero atención, porque el equipo de sobremesa de su despacho era un antediluviano IBM PC XT con un 8086 que usaba, creedme (porque yo lo hice mucho tiempo también) para generar los recibos de la comunidad con un programa que él mismo se había hecho en BASIC.
Mis padres, como muchísima otra gente de aquella generación, compraban las cosas para que durasen.
Tenían otra cultura, mucho más práctica y coherente, y no comprendían (ni comprenden, supongo), la triste mentalidad que ahora tenemos la mayoría de los mortales. Si no funciona, te compras otra cosa nueva. Parece que todos hemos aceptado que las cosas tienen que gastarse, y ya casi no nos extraña que la batería del móvil aguante medio día al cabo del año o que haya que cambiar la tele del salón porque si no nos quedaremos sin poder verle los pelitos del bigote con todo detalle a… la Esteban (por poner un ejemplo).
Hace más de tres años publiqué en Incognitosis mi experiencia en la construcción de un pequeño y modesto cine en casa, tanto a nivel hardware (en el que hablé de todos los componentes del PC y del resto de elementos de audio y vídeo) como a nivel software. Ambos campos han evolucionado de forma impresionante, y como era de esperar lo que entonces eran soluciones decentes se han convertido ahora en desarrollos que en su mayoría podrían considerarse obsoletos. Tres años en informática y electrónica dan para mucho, y el cine en casa no es una excepción.
Uno de los componentes que elegí en aquella época era el proyector, un Sanyo PLV-Z5 con resoluciones 720p que me costó algo menos de 1.000 euros y que era una opción válida para mis objetivos. De hecho, ha demostrado ser un verdadero acierto: durante cerca de 3 años y medio lo hemos utilizado de forma constante. Es raro el día que no hemos visto alguna película, serie, partido y, cómo no, jugado a la consola, tanto offline como online. Y la pregunta cuando lo compré era lógica: “¿Cuánto durará la lámpara?”
Ya tengo la respuesta. La semana pasada el proyector dejó de poder encenderse para dejar claro mediante un piloto especialmente destinado a ello que la había que sustituir la lámpara. Pedí una lámpara de respuesto con el código oficial de la pieza de reemplazo (no quería arriesgarme con soluciones “marca blanca”) y por 240 euros la tenía en casa a los 3 días. El precio de las lámparas es elevado, sí, pero si me garantizan otros 3 años y medio como los que he disfrutado con la primera, bien pagados estarán. ¿Cuántas horas de lámpara en total duró el proyector en marcha?
Hoy han publicado en AnandTech uno de sus fantásticos análisis hardware, y en esta ocasión el protagonista ha sido el Samsung Galaxy Tab, un tablet con pantalla de 7 pulgadas que ha recibido bastantes collejas pero que curiosamente también ha sido razonablemente bien acogido por algunos medios y analistas. Por si no queréis leeros el análisis de AnandTech al completo, os adelanto la conclusión:
The Galaxy Tab is the best Android tablet on the market and probably the second best overall to the iPad. With that said, the iPad is still a superior device by far. It’s not a hardware issue; Samsung did a first-class job with the design of the Galaxy Tab. [...] So what then? It’s the software. Or, to be more specific, Froyo. It’s too similar to a smartphone right now, too much of the same experience repeated on a 200% scale.
Ya había leído más críticas al respecto, y parece que Android no está aún preparado para el desembarco en tablets -veremos si Gingerbread cambia algo las cosas, aunque me temo que el objetivo es revolucinar ese soporte de tablets en Android 3.0. Con todo y con eso, la reflexión del post no va tanto al rendimiento del Samsung Galaxy Tab, sino a su formato. ¿Son 7 pulgadas suficientes para estos dispositivos?
No me ha tocado el gordo -apenas un reintegro, puaj-, así que no podré dedicarme más de lo que ya lo hacía al blog. Lo siento lectores
Estos días están siendo especialmente estresantes y me falta tiempo para casi todo, pero espero recuperar el aliento ahora que se acercan esos días especiales en los que es casi obligatorio ser feliz como una perdiz y descansar un poquito entre comilona y comilona.
Y vuelvo con un tema recurrente en Incognitosis, el del correo electrónico, que lleva unos años de capa caída. Los mensajes de texto para móviles y las redes sociales han hecho olvidar a las nuevas generaciones las prestaciones de una plataforma que, a mi entender, tiene muchas más ventajas que cualquier otro sistema de mensajería.
De hecho, aun con el interés que están generando esas redes sociales, está claro que si un internauta no tiene cuenta de Facebook o de Twitter, lo que es seguro es que tendrá cuenta de correo electrónico. Es un estándar universal, aceptado, que funciona, y al que simplemente le han surgido algunas alternativas temporalmente interesantes.
Tener una madre que es toda una filóloga española ha dejado muchos positos en mi labor profesional. Vivo de escribir todo el día (bueno, ahora hago más cosas), así que hacerlo medianamente bien es algo que he ido cultivando a base de oir durante buena parte de mi vida cómo se debía hablar o escribir correctamente. Que luego uno tenga sus vicios y muletillas es normal, pero siempre he sido muy pijotero con la ortografía y, desde luego, con la forma de hablar de la gente.
Por ejemplo, me revienta que en la tele los analfabestias de turno (el 90% en Telecinco, tu pantalla enemiga) salten con expresiones y palabras que no existen o que no están bien aplicadas. Pero lo vemos por todos lados. El dequeísmo (y su archirrival, el queísmo), el verbo descambiar (que existe, pero que todo el mundo usa mal), las cocretas y los participios terminados en “ao” (te has pasao) son algunos de los ejemplos clásicos, muestra de que cada uno somos de nuestro padre y de nuestra madre y que lo que mamamos es al final lo que acabamos copiando. Es ley de vida, pero eso no quita para tratar de respetar este fantástico idioma que tenemos y que tratamos tan mal.
La cosa se pone cruda cuando nos ponemos a analizar cómo utiliza la gente el español en Internet. Es para llorar. Viva la anarquía. Escribir todo en mayúsculas, olvidarnos de esas dos letras (“qu”) que los analfabestias, maKarras y vagos de las narices sustituyen por k, pasar de las tildes que son obligatorias (también en mayúsculas, amigos míos: se escribe “Ángel”, no “Angel”), y por supuesto, olvidarnos de que (atención al “de que”, pequeños analfabestias, aquí sí está bien puesto) existen signos de puntuación, que en español tenemos signos de abrir admiración e interrogación, y de que las haches son mudas, pero no tontas.











