Por qué un iPad no puede sustituir a un portátil

Ah, el iPad, ese maravilloso y diabólico invento. No paro de escuchar lo mismo todo el rato sobre el iPad y otros tablets. Desde que la gente se los compra, deja de usar el ordenador, y sobre todo, el portátil. Mis dudas sobre el mercado de los tablets siguen manteniéndose, y aunque parece bastante claro que me estoy equivocando de principio a fin, para mi los tablets son una moda, como hace poco lo fueron los netbooks. De hecho, la única razón por la que los usuarios dejan de usar el portátil es, sencillamente, porque lo usaban exactamente para lo mismo que los usuarios de los tablet: para consumir contenidos.

No hay nada malo en ello, pero me da un poquito de rabia que algunos ahora quieran convertir al iPad o a cualquier otro tablet en lo que no es. Los tablets no pueden ser sustitutos de los portátiles, y no pueden serlo tanto por software -aunque ahí las limitaciones están cada vez menos claras para bastantes escenarios, ya resueltos- como por hardware. Y en este último apartado hay un elemento fundamental: el trackpad/touchpad. Los teclados específicos para el iPad y otros tablets que han aparecido han resuelto sin duda un problema fundamental, el de la introducción de texto, pero… ¿qué pasa cuando queremos dejar el puntero en cierto lugar o interactuar con la pantalla mientras editamos un texto o imagen? Acercarse a tocar la pantalla táctil con nuestros dedacos en esos trabajos de creación de contenidos no es natural. Por no decir lo evidente: no es cómodo.

Es lo que comenta en un artículo claro y coherente uno de los redactores de CNET, que deja bastante claro que todos esos ciberfamosetes que publican en sus blogs (1, 2, 3) y redes sociales lo de “como mola hacerlo todo desde un iPad” son simplemente unos flipaos. El ASUS Transformer Prime es un tablet que precisamente resuelve este tema, aunque más que un tablet yo ya lo metería en aquella división ya olvidada de los Tablet PCs de Microsoft, a los que parece que volvemos irremediablemente y de los que nadie se quiere acordar. Y lo triste es que esos fanáticos del iPad que presumen de que ya lo hacen (casi) todo con sus tablets seguramente criticaban el concepto del Tablet PC de los de Redmond. Ironías de la vida.

Nos ponemos en situación. Cerrad los ojitos y viajad al pasado. 30 añitos solamente. Ni nos imaginábamos Internet, y éramos esclavos de los 8 bits. Los procesadores de aquellas primeras generaciones solían tener una frecuencia de reloj de 1 MHz. Repito. 1 MHz. Avancemos un poco. Abril de 1982. Sinclair Research presenta su ZX Spectrum, con un “potente” procesador Z80 a 3,5 MHz y 48 kB de memoria (aunque el primero tuvo en realidad 16 kB). No había multithreading, ni arquitecturas superescalares. Si una instrucción tardaba 5 ciclos en ejecutarse, eran 5 ciclos. Aquella máquina, que para los estándares actuales es ridícula, demostró algo prodigioso: que con 3,5 MHz de potencia y 48 “kas” se podían lograr juegos increíbles con una fluidez brutal.

Evidentemente el ZX Spectrum 48K tenía limitaciones importantes: su resolución (256×192 píxeles) y sus 4 bits de color (una paleta con 7 colores y dos brillos para cada color, excepto el negro) ofrecían todo un desafío a los desarrolladores de videojuegos, que no obstante alegraron la vida a millones de niños. Yo entre ellos, aunque nunca tuve uno, porque pude presumir de tener un C64, mucho mejor :) . Aquellos programadores se sacaban rutinas de la chistera que permitían hacer cosas asombrosas en esa “castaña” de procesador y con esa “castaña” de memoria. Los ejemplos son casi inacabables.

Y seguimos avanzando: 10 años más. Estamos en la época dorada de mi adorado Amiga 1200, recién lanzado y superior en arquitectura y sobre todo en prestaciones de su sistema operativo (con multitarea real) a cualquier PC de la época. Y desde luego, a cualquier Mac, salvo en apartados muy, muy específicos -que alguno me intente discutir esto-. Los juegos para aquella máquina marcaron una época. Y de nuevo, todo fue gracias a aquellos programadores que sacaron todo el jugo a un procesador y a unos chips gráficos y de sonido que tenían muchas limitaciones. Más ejemplos inacabables.

Sigamos viajando en el tiempo.

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Apple y las lentejas: las tomas, o las dejas

Hacía tiempo que no le metía caña a Apple, pero hoy me he encontrado con una situación absurda e incomprensible. Normalmente no tengo problemas a la hora de transferir contenidos del MacBook Air -sigo trabajando con Snow Leopard- a mi PC de sobremesa con Windows 7. Ya sea a través de una carpeta compartida en red o de llaves USB, la cosa suele ser visto y no visto. Pero hoy necesitaba transferir unos cuantos archivos grandes (pongamos que son distros Linux variadas) y he conectado un disco duro externo por USB. Porque sí. Un disco duro que no tenía culpa de nada. Su único crimen: estar formateado con el sistema de ficheros NTFS.

Sorpresa. No podía trasladar esas “distros” al disco duro externo porque, atención: estamos en 2012 y Apple no ha implementado de forma nativa la posibilidad de soportar el sistema de ficheros NTFS más que en modo de lectura. Nada de escrituras. No por nada en particular, seguro. Apple no ha integrado ese soporte sencilla y seguramente porque no le ha salido de los cojones. Hay soluciones alternativas (Paragon NTFS, NTFS-3g, Tuxera y OSXFUSE), algunas de ellas de pago, y en los foros de soporte de Apple proponen soluciones en los que teóricamente mi dilatada experiencia con temas Linux debería ser suficiente.

Pero no. Ni terminal ni leches. Al final he tenido que hacerlo por otros métodos, porque he perdido tanto tiempo investigando qué coño pasaba (me parecía asombroso) que al final no me apetecía probar esas soluciones de terceros que no deberían ser necesarias. ¿Por qué? Pues amigos de Apple, porque entre otras cosas, el soporte de lectura/escritura en particiones NTFS lleva años disponible en cualquier distribución Linux, lo que demuestra una vez más que como en tantas otras cosas, la política de “son lentejas, las tomas o las dejas” de Apple nos deja a los usuarios -seguramente más aún a los que sabemos un poco del tema- con cara de gilipipas. Por no decir otra cosa.

Homeland, de menos a más

Hace unos días comencé a ver una nueva serie -sigo sin empezar Breaking Bad tras vuestras recomendaciones, supongo que me estoy reservando-. Se trata de Homeland, cuya primera temporada en HBO Showtime ha sido todo un éxito en los States y a la que le han concedido algún que otro premio en estas últimas semanas. El reclamo principal en mi caso fue su protagonista, Damian Lewis, que hizo un verdadero papelazo en la imprescindible -una de mis top 10, sin lugar a dudas- “Hermanos de Sangre”.

La serie, creo yo, va de menos a más -algo que también me ocurrió con “Mad Men”, aunque me temo que no hay comparación-. La trama es interesante, con un prisionero de la guerra en Iraq al que rescatan años después y que es investigado por la CIA por sospechas de haberse convertido en terrorista. La prota es Claire Danes -a quien solo recuerdo en Romeo y Julieta, con Di Caprio, cuando ambos eran unos teenagers-, y la verdad, no me la creo. Obviamente no sé qué pinta o carácter tiene una agente de la CIA, pero no me la imagino así ni de blas.

El que sí hace otro papelón es Mandy Patinkin, el mítico Íñigo Montoya de “La princesa prometida” que está casi irreconocible salvo por la mirada y que en su papel de mentor y jefe de Claire Danes sí lo hace fantásticamente. El resto del reparto es normalito, sin demasiadas luces (ni sombras), pero como digo el desarrollo de la serie, que me pareció bastante normalita al principio, va mejorando al final, con un desenlace en el último capítulo muy en la línea de las series norteamericanas. De esos finales que te hacen decir aquello de… “¿y me dejan así estos c****** de guionistas?” Por lo visto ya hay segunda temporada confirmada, así que veremos cómo se portan cuando comiencen esos episodios, supongo que en otoño de 2012.

El caso Megaupload y el renacer de BitTorrent

Mucho se ha dicho y escrito sobre el caso Megaupload, que ha explotado poco después de mi pequeño y reciente post sobre la piratería. La debacle de la reina de las descargas directas ha provocado un efecto dominó, y todos los servicios de ese ámbito están comenzando a intentar salvarse de la quema. Uno de ellos, Fileserve, del que he sido usuario mucho tiempo (también de pago, sí) ha comenzado a retirar enlaces a contenidos que no deberían estar en la red, y que obviamente son los responsables de que el servicio diera dinero.

Las consecuencias van mucho más allá, y se ha hecho un poco más notoria la tremenda presión que los grandes estudios de Hollywood tienen en la política de los EE.UU, y por extensión, en muchos otros países como el nuestro, tan influenciado por todo lo que venga de las maravillosas tierras yanquis. Dudo mucho que haya solución fácil para estos servicios, que si no ocurre algo raro desaparecerán del mapa tal y como lo hizo Napster hace unos cuantos añitos.

Afortunadamente los internautas tienen unas cuantas alternativas que pueden ofrecer acceso a esos contenidos tan buscados, y la mejor y más capaz de todas ellas es la filosofía P2P que se hace realidad en el protocolo BitTorrent. Los torrents habían quedado un poco ensombrecidos por la potencia de los servicios de descarga directa, pero estoy convencido de que los trackers vivirán una segunda juventud si les dejan. Puede que The Pirate Bay no sea lo que fue, pero hay trackers muy decentes por todos lados en los que encontrar esos contenidos que ahora comienza a ser complicado encontrar en el Megaupload, Fileserve, FileJungle o FileSonic.

No puedo evitarlo. Cada vez que leo la palabra “Ballmer” en algún lado mi mente hace ‘clic’ y recupera esa imagen a lo Camacho del actual CEO de Microsoft. Sudoroso, exhausto y con pinta de todo menos de CEO, gritando su famoso “Developers, developers, developers”. Probablemente a mucha gente le pase igual, porque para bien o para mal aquel momento definió a Ballmer como directivo. En mi caso, desde luego, fue para mal. Ballmer me parece un gestor sin carisma y sin la visión que creo imprescindible en una empresa tecnológica, sobre todo si se habla de un gigante como Microsoft, tal y como recalqué hace unos meses.

Lo que sí parece tener Ballmer es claridad de ideas. Desde que es responsable de Microsoft se ha rodeado de gente de su confianza para liderar las distintas divisiones de la empresa, algo que ha dado buenos resultados en ciertas áreas, y no tan buenos en otras. Y aquí es donde viene mi balance de una empresa que hace apenas 10 años parecía no poder tener rival, y que hoy en día, a pesar de su relevancia y magnitud, sí está claramente detrás de otras grandes en sectores de primer nivel como Internet o la movilidad.

El propio Ballmer lo reconocía en una reciente entrevista en BusinessWeek a la que hacía referencia Antonio hace bien poquito y que de hecho ha sido el detonante de este artículo. Ballmer comentaba:

“Four years ago, you know, I can remember statistically when we would have looked far more like the overdog in everything,” he says. “Now we’ve got battles where we’re big and strong and powerful, and we’ve got battles where other guys are moving, and it’s fun to work both from the front of the pack and from the back of the pack sometimes. They’re different kinds of competition, but they both drive you, push you.”

Es cierto (aunque cuatro años es una cifra corta), y sus conclusiones también parecen sinceras: puede que en algunas cosas vayan detrás de otros, pero tanto ser líderes como no serlos les impulsa a mejorar. La pregunta es: ¿lo están consiguiendo?

Mi respuesta, a continuación.

(Aviso: coged algo para picar. Me ha dado por escribir)

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Don’t feed the troll

Ah, los trolls. Esos pequeños y molestos gilipipas que ensucian cualquier debate. Esta es mi oda para ellos. Porque ya no me molestan. No me importan. He llegado al zen, a esa comprensión absoluta del lema que es y ha sido siempre el único arma contra sus réplicas, sus críticas con mala baba, sus comentarios ignorantes, o sus comentarios ilustrados, que también los hay, pero con la misma mala baba. El lema es, como reza el título de este artículo, “Don’t feed the troll“. No alimentes al troll. No eches más leña. O lo que es lo mismo, pero en una palabra:

Ignórale.

Paul Graham sabe un poco de trolls. Para los que no lo sepáis, este programador creó Hacker News, el que hoy por hoy es -para mi al menos- la fuente de noticias tecnológicas más importante del planeta. Yo prefiero por tema visual su interfaz alternativa no oficial, Hckr News, pero al final el debate es el mismo. En Hacker News pueden presumir de tener un índice bajísimo de trolls, sobre todo si lo comparamos con otros muchos medios que sufren de ese mal de forma continua. Slashdot, Digg, o nuestros Menéame y Barrapunto tienen el mismo problema. ¿Cómo lo han logrado?: Respetando los términos de uso. “Sé cívico. No digas cosas que no dirías en una conversación cara a cara”. Ese principio, y el hecho de que los votos negativos sí funcionan (en otros servicios la automoderación no acaba siendo suficiente) ha logrado hacer que Hacker News siga pudiendo presumir no solo de sus enlaces a noticias relevantes, sino de un debate en los comentarios que suele ser bastante más interesante que la noticia en sí.

Hay demasiado gilipipas, y lo malo es que muchos de los internautas que les tienen que soportar no tienen esa capacidad  de ignorarles. Una capacidad que se aprende, y que se aprende perseverando (podéis practicar leyendo los comentarios de cualquier noticia de Marca.com, en donde los trolls son dueños y señores). Porque lo primero que le sale a uno de dentro cuando ve un comentario de un gilipipas es tratar de ponerle los puntos sobre las íes. Pararles los pies. Darles una lección, que para eso somos más listos, o escribimos mejor, o simplemente, creemos tener la razón absoluta.

Craso error. Ignoradles. Como lo he logrado hacer yo, a pesar de que de cuando en cuando se me pone la vena en la frente y querría no solo decirles cuatro cositas a la cara, sino quizás -solo quizás- meterme en el ring con ellos un par de asaltos para ponerles las pilas con mi dilatada carrera boxística de 3 años. Lo malo es que probablemente haya más de uno que también sepa boxear -y más que yo, seguro- así que me relajo bastante rápidamente, y recuerdo las enseñanzas de los maestros. Vuelta al zen. Vuelta al lema. No alimentes al troll.

Ignórale.

Hacía tiempo que un post de Incognitosis no generaba tanta polémica por todo, desde el título a mis conclusiones, y vuelvo a repetir mis dos aclaraciones: la primera, que efectivamente hablar de algo que nunca he tenido en mis manos más de 5 minutos suena a poco profesional, y por eso es un artículo de opinión “filosófica”, y la segunda, que no estoy en contra de la tinta electrónica ni mucho menos. Mi predicción es eso, una predicción, una sensación de por donde creo yo que van a ir los tiros. Puede que me equivoque, y puede que no, pero algunos os habéis tomado el tema un poco a la tremenda.

Dejando a un lado ese post, comento la reflexión que publican en uno de los míticos de la blogosfera hispana, Blogoff (vía Erro500), y en la que se habla del coste de oportunidad, un concepto que el autor define como “aquello a lo que se renuncia por conseguirlo” y que está muy ligado a las descargas de contenidos en Internet. Y concuerdo con todo lo que dice: encontrar hoy en día una peli o serie en Internet y verla con calidad no es moco de pavo, incluso para los que llevamos tiempo en esto.

Hay que buscar el contenido en buena calidad de audio y vídeo (tiempo), descargarlo a ser posible mediante un servidor de descargas directas (tiempo y dinero) buscar los subtítulos (tiempo), asegurarnos de que estén bien sincronizados (más tiempo), grabarlo todo en nuestro Media Center (tiempo), y disfrutar de la experiencia. Todo ese tiempo que “malgastamos” para conseguir ese contenido gratis y ese dinero que podemos haber gastado para poder descargarlo rápidamente hacen que esa descarga no sea tan gratuita como pensábamos.

Porque como decía “el garbanzo” -temible cura mercedario-, nuestro profe de latín de segundo de BUP, “el tiempo es oro”. A lo que él añadía, claro, “y el que lo pierde, bobo”, no sin completar la frase con más de un capón sorpresa -de cura, de los de antes- al incauto de turno.

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El Kindle está condenado [Actualizada]

Los lectores de libros electrónicos “puros”, aquellos que nacieron con ese único propósito, no tienen futuro. Al menos, no demasiado, tal y como comentan en LoopInsight, de donde viene la idea de este post. Puede que los veamos por todos lados, y que se hayan convertido en el regalo estrella de estas navidades. El Kindle de 99 euros parece un producto atractivo, con una pantalla de tinta electrónica bastante evolucionada y un catálogo prácticamente inacabable de libros para comprar y descargar.

Y sin embargo, no acabo de entender qué puede ofrecer un lector de e-books ante un tablet. Bien por la citada pantalla de tinta electrónica, fantástica para leer en exteriores, y bien por su ligereza y por su batería casi inacabable. Pero todas esas virtudes se quedan en nada cuando comparamos al Kindle con su hermano mayor, el Kindle Fire, o con cualquier otro tablet medianamente decente. Es obvio que el precio es más alto en el caso de los tablets, pero ¿por qué querría alguien cargar con un producto que solo hace una cosa -aunque la haga muy bien- cuando hay opciones mucho más versátiles?

Los tablets son perfectos como herramientas de lectura. De hecho, la gente no hace prácticamente otra cosa que leer en ellos. El cuento de que las pantallas de tinta electrónica son más “benevolentes” con nuestros ojos puede ser cierto, pero hay que ser bastante hipócrita para argumentar que compramos un Kindle por esa razón cuando nos pasamos 8 o 10 horas delante de una pantalla. Una o dos horas más con un tablet de vez en cuando no van a suponer mucha diferencia, creo yo. Y los tablets -ojo, no digo que sean la solución para mi- ofrecen mucho más de lo que ofrece cualquier Kindle. Puede que los usuarios aún no se den cuenta, y puede que los Kindle “puros” y sus rivales aún se vendan de forma decente durante un par de años -auguro caída de ventas respecto a 2011, fijo- pero la tinta electrónica no puede competir con unos tablets que le dejan mordiendo el polvo en casi todas las batallas. Son demasiado superiores. Demasiado chulos. Y a la gente le mola tener algo chulo. Como bien sabía tito Steve.

[Actualización (10/01/2011)] Vaya. Acabo de ver todos los comentarios y está claro que los propietarios de un lector de libros electrónicos estáis encantados. Pero lo interesante es que los que tenéis tanto uno como el otro seguís encantados con vuestro lector de e-books, algo por lo que no hubiera apostado tanto. Debo reconocer que nunca he pasado más de 5 minutos con un lector de libros electrónicos -tampoco es que haya pasado mucho más tiempo con un tablet-, pero aunque encuentro que sus prestaciones son fantásticas, dudo que puedan competir con las que ofrecen los tablets, que, como indicaba, son mucho más versátiles (sí, y más caros). Dudo que un tablet sustituya al portátil, pero sí veo factible que sustituya (o “se coma”) a los lectores de e-books. No es algo que me guste -la tinta electrónica es una tecnología notable-, pero es simplemente una evolución clara que veo. Ojalá me equivoque… y gracias por las críticas y los comentarios.

The ides of march y la realidad política

Creo que nunca he hablado de política en Incognitosis. Es un tema que no me atrae a pesar de su absoluta relevancia, pero sí que me he dado cuenta en los últimos tiempos de cómo la conversación con amigos y conocidos, que nunca iba por esos derroteros, sí que ahora desemboca alguna que otra vez en cómo están las cosas y en cómo creemos que unos u otros la han cagado. Mi posición es cómoda, me temo: suelo escuchar (para aprender, espero), pero no me pronuncio demasiado, porque tengo demasiados temas cogidos con pinzas. Pero si tuviera que elegir un grupo de cinco palabras para definir la política actual (y puede que la de siempre), una de ellas sería, sin lugar a dudas, corrupción.

Ese es el tema central de la película que vi ayer, otra vez en V.O. subtitulada en inglés y en 720p en el proyector, que mola más. The Ides of March (Los idus de marzo) tiene un título que hace referencia a la época de la antigua Roma, y está basada en la novela “Farragut North” de Beau Willimon.  George Clooney se lo ha currado, desde luego. Cogió la novela, ayudó a escribir el guión, y a partir de ahí ha dirigido, producido, y protagonizado la película. El resultado es fantástico, incluso teniendo en cuenta que Ryan Gosling no me pega en el papel de listillo (ni en ninguno, en realidad, me parece un actor mediocre). Philip Seymour Hoffman y Paul Giamatti (al que se ve mucho menos) lo bordan, y Marisa Tomei -los años no pasan en balde- también lo hace realmente bien.

Como decía, el resultado es fantástico. El desarrollo de la película es perfecto, y el resultado, tristemente predecible. Y digo “tristemente” no porque sea malo, ni mucho menos. Es predecible porque narra crudamente la realidad política a la que nos enfrentamos. Una realidad que vemos todos los días en nuestro país en los telediarios, pero que seguramente sea tan solo una mínima parte de una realidad mucho más grande que sucede sin que nos demos cuenta. Y los friquis nos quejamos de que Google o Facebook amenazan nuestra privacidad. Ja. No tenemos ni idea de lo que se cuece. Eso sí que da miedito.